~Literalmente a tu costa

LITERALMENTE
A TU COSTA
~Literalmente a tu costa
~Literalmente a tu costa
~Desde las primeras lluvias a la cala
~LA RÉMORA
~EL PULPO
~Los latidos del pan


El sufrimiento logró superar sus fronteras, penetró en el hogar donde gobierna la templanza, y la inmensa lágrima regresó sobre sus pasos, con toda la distancia que proporciona la conjura entre el discernimiento y la aceptación, desprendiéndose de cada desaliento y tristeza, encogiéndose, humildemente, apreciando la riqueza de amar, y posándose como una perla en las aguas tranquilas de nuestro mundo aislado, aguardando el próximo encuentro, como siempre había sido.

Las estrellas bailaban como todas las noches y las aguas interpretaban su tranquilidad arcana; las barcas recalaron con voces alegres y qué decir de las redes, las redes latían repletas con los frutos del mar.
Los niños, como bandada de pájaros revoloteando alrededor de sus padres, buscaban los regalos de las criaturas marinas; algunos hallaron magníficas conchas de colores traviesos, otros escucharon versos en lindas caracolas con mensajes secretos, y un niño encontró la más hermosa de las perlas.
Regresaron cantando e iluminaron las cuevas de calor y entusiasmo; el niño había salido a agradecer su amuleto al mar y al firmamento cuando observó como una niña se acercaba para quedarse a su lado en silencio; se comprendieron sólo con la mirada.
Él regresó a su cueva que aún estaba de celebración y le llevó unos peces; ella le sonrió y le dio un pequeño árbol tallado en arena; entonces él, con sonrisa insistente y la mano extendida, logró que ella aceptara la perla.
Cada noche se vieron a escondidas y crearon un lenguaje sincero. Una noche y otra noche bajo las estrellas; con el mar contemplando ese idilio sereno.
Los lobos comenzaron a bajar a la cala jugando a ser aire con ellos hasta el alba.
Una noche y otra noche, los niños, los lobos, descubriendo e inventando el concepto de magia.
Los adultos, temiendo el juego de los lobos, prohibieron salir a partir de una hora más allá del recodo de su mirada, siempre protectora. Aquella noche el niño no acudió a la cita y la niña sintió el vacío más intenso. Volvió a la siguiente noche, y a la siguiente, hasta reunir el valor para buscarlo en la cueva.
Allí estaba el niño rodeado de los suyos. Demasiada sombra. Enfermo y tan pálido como la propia perla.
Entró tímidamente mientras la observaban y le hicieron un hueco para que estuvieran juntos.
Entrelazaron sus manos y, en su último aliento, los dedos de él se deslizaron entre los dedos de ella igual que lo harían los cinco primeros ríos en la primera montaña. Sólo la niña, como por ensalmo, vio el espíritu del niño iluminando la sombra. Luego, ella regresó al paraje de ambos y, cerrando los ojos, lanzó la perla al firmamento como regalo para los dioses, como ofrenda para los muertos.
Lo que ella ignoraba es que la perla ya los amaba tan peregrinamente, presente en destierro, que conforme se alejaba crecía y crecía como su anhelo, pero no fue capaz de alejarse del todo hacia la otra orilla del universo.
Una primera ola besó a aquella muchacha, que le susurró a las aguas con su voz de viento antes de desvanecerse tan misteriosamente como había aparecido. Todo el pueblo salió a velar al pequeño y, alarmados por aquellos primeros aullidos, los más temerosos salieron armados. Hallaron el mar diferente, tempestuoso, como buscando tierra adentro para encontrar a aquella niña de niebla que les pareció que corría junto a los lobos cuando regresaban de vuelta a su hogar. Y el cielo… Qué decir del cielo; el cielo mostraba, por vez primera, la Luna Llena.






David Castro Barbeito (poesiayotrosdisfraces@gmail.com)